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QUE ALGUIEN ME EXPLIQUE

Por: Melissa M. Meléndez

Así ha sido titulada la serie de predicaciones que se han estado presentando en nuestra iglesia, durante las pasadas semanas. Serie cuyo objetivo principal ha sido romper con los paradigmas de mantener temas controversiales en silencio en nuestra comunidad cristiana y retarnos a realizar un análisis crítico sin temor.

En esta pasada predicación, se proyectaron preguntas, tales como; ¿Son mutuamente excluyentes la ciencia y la fe? ¿En que creemos o confiamos? ¿Creemos solamente en lo que podemos explicar?

Cada pregunta, punto, referencia y versículo compartido, me llevaron a un análisis, muy similar al que realizo a diario en mi carrera profesional. Lo único que esta vez, compartido por un peregrinaje espiritual.

He tenido la oportunidad de aprender de dos mundos profesionales sumamente interesantes y de los cuales vivo apasionada. La profesión científica como microbióloga y el campo legal como abogada. Dos ramas que aunque con un sin número de diferencias, se asemejan en algo contundente. Aquello que todo científico procura para completar su hipótesis. Aquello que todo abogado necesita para probar su caso. Aquello que un jurado evalúa en un juicio. Eso a lo que llamamos, “evidencia”.

En el ámbito legal, el Tribunal Supremo de Puerto Rico, ha definido el término evidencia como “el vehículo o los medios por los cuales un hecho puede ser probado”. El sistema judicial cuenta con una reglas de evidencia, las cuales procuran determinar admisibilidad (que evidencia será aceptada en un caso) y la interpretación (como será evaluada). Esto es así, porque se reconoce que no toda evidencia llevaría a resolver el caso en forma justa.

Como hemos visto en famosas series de televisión, un juicio lleva muchos elementos. Pero en resumen, se trata de un juzgador o jurado evaluando evidencia, con el propósito de establecer cuáles son los hechos que han quedado demostrados y según sea el caso, al final, emitir un veredicto o una sentencia.

La diferencia estriba en reconocer que NO podremos siempre probar un hecho con certeza matemática o absoluta, pero aun así tenemos certeza de aquello que no podemos ver, a través de la fe.

Un detalle relevante es , que en el juicio se puede presentar evidencia directa, hasta de un solo testigo que merezca credibilidad al juzgador de los hechos. Es decir, con un solo testigo un hecho puede quedar establecido. Por lo que no es determinante cuantos testigos digan los mismo, sino el valor persuasivo que este testigo presente.

Las reglas de evidencia también disponen que “para establecer un hecho, no se exige aquél grado de prueba que, excluyendo posibilidad de error, produzca absoluta certeza”. En otras palabras no se exige para probar un hecho, certeza absoluta o matemática, porque tal prueba es rara vez posible obtener.

Esto va de la mano con los famosos términos de “preponderancia de prueba” que es utilizado para probar casos civiles o la famosa muletilla a veces mal utilizada “más allá de duda razonable” prueba necesaria en casos criminales. Ninguno de estos, exige prueba que produzca absoluta certeza. A esto se le conoce como el “valor probatorio” y es lo que mide la intensidad y fuerza de hacer un hecho más o menos probable.

Otra forma reconocida de probar hechos, es mediante evidencia circunstancial o indirecta. Un ejemplo de esta evidencia, es cuando probamos la intención criminal de un acusado. Para esto, se tiene que considerar actos anteriores y posteriores al momento de los hechos. Luego de hacer esa evaluación, el juzgador podrá inferir o deducir .

En un juicio se acostumbra ver la toma de un juramento. Ese momento que se le exige a los testigos “decir la verdad y nada más que la verdad” y aun así siempre se reconoce un margen de falsedad. Por otra parte, uno de los aspectos fundamentales de un juicio es que sea llevado de forma imparcial. Es decir, se tiene que apreciar la evidencia sin prejuicios o caprichos.

No cabe duda que todos queremos presentar una teoría en algún momento y tener la mejor explicación de los hechos. Queremos proyectar un margen de error de 0% en nuestras conclusiones. Está en nuestra naturaleza procurar tener una respuesta a todo y por ende , creer únicamente en lo que tiene una explicación.

Reconocemos que no necesitamos de muchos testigos que nos digan lo mismo para creer un hecho, basta con uno solo que nos persuada y nos convenza de su teoría. Aun así, aquél que ha dado su vida por nosotros, que nos ha enseñado que el amor es la base de todo, que nos ha dicho que es la verdad … Aquél que lleva toda una vida presentando evidencia directa de su amor… Aun así, ante algunos juzgadores aún no ha recibido credibilidad.

Si hay algo en lo que estamos de acuerdo los ateos y cristianos es que no todo tendrá una explicación. Llevaremos siempre la función de jurado y procuraremos siempre emitir un veredicto , pero en ningún momento podremos concluir con certeza matemática los hechos presentados en evidencia. Como en un juicio, se trata de llegar a la mejor conclusión.

¿Cuál es nuestra mejor conclusión?

Que Dios reconoció desde un principio, que el ser humano tendría una actitud muchas veces “escéptica”. Él sabía que la búsqueda de la verdad iba a formar parte esencial de nuestra naturaleza humana. Que dentro del egoísmo el hombre le estaría asignando “valor probatorio” a todo. Es por eso que, desde antes que nos surgiera la primera interrogante nos dejó sus palabras.

Jesús dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie viene al Padre sino por mí”. Juan 14:6

Como cristiano no se trata de vivir sin interrogantes, porque estaríamos cayendo precisamente en solo creer en lo que podemos explicar. La diferencia estriba en reconocer que NO podremos siempre probar un hecho con certeza matemática o absoluta, pero aun así tenemos certeza de aquello que no podemos ver, a través de la fe. Es aquí donde no debemos tener duda alguna que la ciencia y la fe se complementan.

Tanto tiempo que estoy con vosotros y no me has conocido? Juan 14:9 

El camino a conocer la verdad en Cristo es algo de todos los días. No un proyecto científico con fecha de tesis. Dios en su amor infinito nos dejó su palabra como guía y la seguridad de que nunca perderemos la evidencia.

Sus palabras se basan en la verdad; todas ellas son justas y permanecen para siempre. Salmos 119:160 

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